La Plaza de San Bartolomé no constituye ni punto de reunión alguno ni lugar de encuentro ni zona de paso ni espacio para visitas turísticas... ¡los que no la ven no saben lo que se pierden!. La Plaza de San Bartolomé, que sitúa la iglesia que la preside y da nombre sobre los cimientos de la antigua aljama Alburriana (de la que se conserva un estético y ya nada útil aljibe), es un lugar desconocido, desaprovechado y casi abandonado por la atención pública y privada. Pese a ello, la plaza conserva, a pesar de la ostensible y escandalosa invasión de vehículos, un encanto de tiempos pasados y una quietud que hace posible que, en ocasiones, pueda llegar a oirse el silencio teniendo tan cerca como tiene lugares tan concurridos y ruidosos como son la calle del Agua, Pagés, Placeta de los Carniceros, Carretera de Murcia e, incluso,Plaza Larga. Este espacio está verdaderamente ordenado (y no sólo en la toponimia oficial) por la iglesia mudéjar de la conocida advocación religiosa y, especialmente, por la soberbia torre que en esta instantánea no vemos. El ordenamiento y dominio de su arquitectura no lo ejerce solamente por la visión que de la fábrica podamos tener desde el ámbito de la cercania radial o desde la mediana lejanía de oteo desde donde frecuentemente observamos, comprobando, tanto situaciones de localización general como nuestro propio deambular y rumbo, sino, especialmente, por la importancia de las sombras que proyecta: da la impresión que el caserío circundante se halla bajo la voluntaria protección de un ropaje que sigilosamente y en silencio va cubriendo, protectoramente, cada una de las viviendas de los privilegiados vecinos del espacio circundante. Para el creyente la lectura del hecho puede ser una; para el no creyente, otra... Ambas, en cualquier caso, siempre son favorables y en eso coinciden.
Intimismo esencial: La Plaza de San Bartolomé