La espléndida Plaza de S. Miguel Bajo, míseramente invadida por todo, agobiada por una hiriente cacharrería multicolor y últimamente agraviada con la construcción de una agresiva plataforma roqueña de color de albero y con escalones aberrantes (¡parece mentira que casi en el S.XXI se pueda permitir tamaña barbaridad!) queda contemplada por el peregrino y lañado Cristo de las Azucenas y por el incrédulo y hermoso oval del Aljibe árabe incrustado en el lateral de esa enhiesta Iglesia de Asteasu, Alcántara, Villanueva y Martín, panteón de los Mora, de Juan de Sevilla, de Bocanegra y de otros tanto Oidores. Gallego y Burín, el que fuera buen alcalde de Granada, dijo de ella: "Es una plaza inesperada. Se llega a ella sin adivinar su cercanía. Chatita, pueblerina, tiene esta plaza un encanto romántico admirable. La Iglesia, al fondo, derruída, amarilla, de piedra agujereada. Cara a ella un Cristo pesado, achatado como la plaza, se ilumina en la noche con un pobre farol. En el fondo, el rumor apagado de un aljibe moro y cercándola, unos árboles cortos y viejos, de copas reborondas y verdosas. Plaza de novelas. Jorge Sand se hubiera emocionado con ella. Hoy es plaza para impresionar films." Seco de Lucena, otro gran granadista, añade: "Estos lugares fueron testigos de importantes hechos históricos. Aquí durante el Pogrom de 1.066, árabes y bereberes granadinos, incitados por los cálidos versos del alfaquí Abu Isaq de Elvira, asesinaron a José Ben Nagrela, ministro judío de Badis y desbordándose como un torrente sobre el melah degollaron a cerca de cuatro mil personas."

El abandono de lo imperecedero: San Miguel bajo