"Una cazadora de un cuero viejo, que en otro tiempo fue marrón. Un pelo grisáceo, ralo, que en otro tiempo fue oscuro y abundante. Unos labios consumidos por el tiempo y una mueca que aprendió a utilizar cuando olvidó sonreír. Unas manos apoyadas en la barra de aquél sucio bar. Y unos ojos..., sus ojos. Los mismos que me sorprendieron una noche de marzo, los que sabían mirarme a escondidas y acunarme aunque el tiempo no fuese el mismo para los dos.Unos ojos que no eran verdes, pero tampoco marrones. Que tenían ese color incierto de la gente que ensaya las posturas antes de salir de la casa. Un color tan confuso como él mismo, pero que había aprendido a amar hacía mucho tiempo. Y porque era una casualidad. Porque llevaba años sin pasar por allí. Porque llevaba más años aún sin verlo. Porque mi presente se hizo pasado, el pasado más dulce. Porque ya no tenía miedo y porque llevaba la misma cazadora, me acerqué a pedirle un cigarro mientras mantenía una sonrisa inevitable, que le hizo demorarse en su contestación, abrir sus ojos inciertos, separar las manos de la barra, observarme detenidamente y sonreír. Sonreír como antes, como la primera vez, con ese destello infantil de los adultos que no dejan nunca de ser un poco niños. Rebuscó en su chaqueta y me ofreció un cigarro, luego pidió otra cerveza a un joven camarero que ya no era nuestro amigo y dijo: -Tiene gracia que volvamos a encontrarnos justo aquí- y tenía razón. Tenía razón que aquél bar del pasado, aquél bar que nos había visto crecer nos reuniera en el futuro cuando habíamos crecido lo suficiente como para añorar nuestra juventud irresucitable. Y él, que era el mismo pero había cambiado, y yo, que era lo que él quisiera que fuera, y una luna que parecía naranja en esas horas de la noche que más nos gustaban a los dos. Acaricié su vieja chaqueta rememorando un tiempo que extrañamente compartimos, y le pregunté si seguía componiendo y él sonrió, y me habló de esa canción que trataba sobre mí, y el tiempo se deshizo en aquél viejo bar. Olvidé la edad que tenía, olvidé el día que era, olvidé el reportaje que tenía que entregar, olvidé a mi marido y olvidé cuántos años llevábamos sin vernos. Creí que teníamos diecinueve años, que alrededor había muchos amigos, que ayer mismo nos habíamos despedido y que jamás, nunca, nos habíamos olvidado. Acabamos, borrachos y felices, sentados en los peldaños de aquella plaza que tantas veces nos unió, como antes, ignorando que habíamos dejado de ser lo que éramos y recordando otras noches diferentes pero casi idénticas.
Él no estaba casado, ni sabía lo que era amar, pero seguía componiendo y fotografiando las viejas calles empedradas de nuestra ciudad. Y yo, que estaba casada pero había amado hacía mucho tiempo, y seguía escribiendo lo que no me atrevía a contar. El tiempo había transformado sus canciones cargadas de ilusiones en tristes relatos que despedían un olor a entrañable felicidad y a antiguos viajes capturados en la memoria. El tiempo había roto mis antiguos sueños de juventud, y mi idea de viajar en una vieja furgoneta junto a él, para ofrecerme un papel y un bolígrafo y la idea de escribir sobre lo que y una vez soñamos juntos. El pasado y el presente se fundían en los peldaños de aquella plaza en la que reímos y también lloramos. Borrachos y felices acabamos prometiendo resucitar los ideales que hacía tiempo guardamos en un cajón sin llave. Y prometimos que nos iríamos de allí cuando comenzara a amanecer, a alguna playa, la que fuera daba igual, y dormiríamos hasta que los gritos de los niños nos despertaran. Yo le escribiría una carta a mi marido, pidiéndole que fuera feliz, que se olvidara del pasado, que yo ya había descubierto lo que andaba buscando cuando me marché ayer de Madrid. Compraríamos una furgoneta de segunda mano y recorreríamos todos esos pueblos que aquél verano apunté en un papel pero que no nos dio tiempo a ver. Seríamos dos, dos para lo que quisiéramos ser. Borrachos y felices acabamos durmiendo en su habitación que en otro tiempo debió tener un buen parquet. Me desperté antes que él y sonreí porque habíamos creído que teníamos menos de veinte años, y lo besé en sus labios consumidos por el tiempo. Acaricié su pelo grisáceo que en otro tiempo fue oscuro y su vieja chaqueta de un cuero irreconocible y supe que con él podría ser feliz y supe también que no me iba a quedar junto a él porque las personas, a veces, estamos un poco locas. Bajé corriendo las escaleras hasta el portal para que no me diera tiempo a pensar qué estaba haciendo y a quién estaba abandonando. Arranqué el coche y escuché esas canciones que llevaba tiempo sin oír pero que volvían a tener significado. Y sabía que sonreiría cuando se despertara y leyera mi despedida pidiénd
ole que recorriera todos esos desconocidos pueblos que yo no recorrería, que fuera feliz y que jamás, nunca, se olvidara del pasado.
-o0o-











